Viena
Crónica de un viaje
Viena
Nunca voy a perdonar que Juárez se haya echado a Maximiliano de Habsburgo.
La noche que llegué a la ciudad era fría, pero de ese frío limpio que no cala en la garganta. Tomé un bus desde el aeropuerto hasta una estación de metro cerca del Danubio y caminé junto al río con aquella canción de Julio Jaramillo sonando en la cabeza: Las noches de Hungría. Nunca había estado en un país donde no entendiera una sola palabra. En Italia o en Francia, con las lenguas romances, uno puede hacerse una idea de lo que dicen los letreros. Pero en Viena, por fin, me sentí extranjero de verdad. Unos años antes había ido a Colombia, Ecuador y Perú, y en muchas fondas de comida pasaban la Rosa de Guadalupe, así que nunca me sentí del todo ajeno. En Viena no había rosa que valiera.
Para llegar al hostal tenía que tomar el metro. Tuve la suerte de toparme con un par de estudiantes que hablaban inglés afuera de una estación junto a un centro comercial. Me dieron indicaciones precisas. Caminé por unas calles por donde pasaba un tranvía y cerca de un kiosko di con mi hospedaje. El recepcionista hablaba español. El hostal tenía un área común con un par de mesas de billar, una rocola y una máquina que expendía cervezas por un euro. Salí a conocer los alrededores.
Había tabernas pintorescas donde se servía buena cerveza austriaca en tarros de cerámica decorados con escudos medievales. Después de un viaje largo lo único que se antoja es sentarse en la barra de algún bar y beber un par de cervezas locales. Entré a un sitio, las luces eran bajas. Un tipo con bigotes largos me miró extrañamente. Un hombre gordo y calvo en un sofá me dirigió una sonrisa poco grata. One beer please, pensé que me entenderían. El bigotón miró al gordo. El gordo se levantó y fue hacia mí. One beer please, insistí. Saqué el teléfono y le enseñé la foto de una cerveza. El bigotón dijo: Ahh, pivo, pivo. Ese día aprendí que así le llaman a la cerveza en buena parte de los Balcanes. Al poco rato llegaron un par de policías y me pidieron el pasaporte. Una de las cosas favoritas de la policía en Europa es salir a cazar indocumentados en los bares. Vieron que era de México y me dijeron que ese lugar no era recomendado para turistas. No pude terminar mi cerveza. Pagué tres euros y me fui.
Pasé por el kiosko y vi a un par de hombres bebiendo cerveza en lata y comiendo salchichas vienesas. El encargado era un turco de nombre Salam. Hablaba bien inglés y reía mucho. También era calvo y le faltaban un par de dientes. Me dijo que ese era un barrio de serbios, croatas y turcos, que eran pocos los que hablaban alemán y casi nadie hablaba inglés. Bebí unas dos cervezas enormes ahí, platicando con Salam y con un estudiante que mezclaba vodka con una bebida azul eléctrico. Llegaron otros hombres. Entre ellos un turco medio enano que se parecía a Danny Trejo con los brazos marcados y varios tragos encima. Salam le dijo que yo era mexicano y, por lo que pude entender, aquel inmigrante preguntó: ¿Qué hacen los mexicanos en este país? Después de eso se puso a hacer lagartijas en la banqueta. Parecía que esa era su manera de canalizar la ira. Mejor me fui.
A la mañana siguiente le pregunté a Salam sobre lugares para visitar con presupuesto limitado. Me recomendó el palacio de Schönbrunn: un parque de largos jardines cuidados en lo que algún día fue la casa de campo de los Habsburgo. La realeza siempre me ha dado asco porque gracias a ella cargo complejos de inferioridad en el inconsciente. Ahí me topé con un par de estudiantes mexicanos que me revelaron algo mejor que cualquier guía turística: todos los días, antes de la primera función, la Ópera de Viena abre cuarenta lugares a cuatro euros. Es atrás de las butacas y te quedas de pie todo el tiempo, pero la experiencia es comparable con un Pal Norte en su mejor noche.
La muerte de Danton, Ópera de Viena
La obra se llamaba La muerte de Danton. No entendí nada. Pero los actores, las luces y los cantos elevaron mi alma de una manera que sentí ganas de llorar porque mi finita mente no podía contener tanta belleza. Cuando salí quería ver cuadros, escuchar sinfonías, leer en alemán y en ruso. Quería ser una criatura que se alimenta de la energía creativa de los humanos.
Tanto así que una venezolana aprovechó que estaba en modo vulnerable y me vendió el Viena Pass: un pase de dos días para entrar a todos los museos, subir a los turibuses y hasta dar un paseo por el Danubio, todo por ochenta euros. Me lo colgué en el cuello como si fuera una medalla y salí a la ciudad a cobrármelo con intereses.
Esa misma noche alcancé a conocer el Albertina, donde contemplé los cuadros de Keith Haring. ¿No te ha pasado? Que de pronto llegas a un artista que sacude tu mente como una caja de fichas y te preguntas: ¿por qué me perdí de este genio tanto tiempo? El arte debe celebrar tu espíritu creativo, no aplastarlo. Una parte de mi memoria se congeló al ver esos cuadros coloridos, graciosos y llenos de vida. Uno de platillos voladores. Otro de un bebé irradiando energía. Los bebés son el inicio de algo nuevo, una energía que todavía no ha sido corrompida. Me lo anoté para no olvidarlo.
Al día siguiente salí del hostal desde las ocho de la mañana. Tenía que aprovechar cada hora antes de que el pase venciera. Fue así como supe que el café se popularizó en Europa porque unos soldados del imperio austro-húngaro capturaron a un invasor del ejército turco, quien vio que las trincheras de los territorios recuperados estaban hechas de costales de café y les enseñó a moler los granos. Fue así también como entendí que una obra de Duchamp era exactamente lo que uno de mis poemas para los amantes del elitista y burocrático Boom Latinoamericano. Y fue así como supe que los fascistas italianos siempre han tenido una obsesión por ser protagonistas, razón por la cual uno de ellos le puso Benito a su hijo porque admiraba a otro Benito que se despachó al más desafortunado de los Habsburgo.
Por eso que se vaya a chingar su madre Juárez.
Luego de pasear bebiendo cerveza en un bote por el Danubio, sentir las ganas de usar una kipa en el barrio judío para comer falafel, y sentirme agobiado por la tranquilidad, la utilidad de los espacios públicos y el buen gusto de los vieneses, terminé por deprimirme. Me deprimí en el primer mundo por una sola razón: ¿qué chingados hacen con nuestros impuestos y por qué tengo que acostumbrarme a que no haya banquetas en mi barrio? Hubiese dejado que la realeza gobernara México. Al menos la corona se partiría en un parlamento menos corrupto.
Regresé al hostal enojado. Me encontré a Matías y a Nico. Matías era de Argentina. Nico era un francés medio fortachón que se parecía a Justin Bieber con veinte kilos de más. Los dos andaban viajando en bus con presupuesto limitado. Hablaban en inglés y bebían cerveza mientras fumaban un cigarro. Me uní a la conversación. Esa noche, Nico abrió la ventana de nuestro cuarto compartido, sacó dos cigarrillos y empujamos la mitad de nuestros cuerpos hacia afuera para evitar que el humo se fugara a la habitación. Dijo que la luna era hermosa y se puso a cantar una canción en francés que se llamaba Les passants. Luego, con una mezcla de español, francés e inglés, me habló de un poema. El albatros. Recuerdo un fragmento:
El Poeta es igual a este señor del nublo, que habita la tormenta y ríe del ballestero. Exiliado en la tierra, sufriendo el griterío, sus alas de gigante le impiden caminar.
¿Por qué tengo la condición de sentirme fascinado con versos que no parecen tener ninguna dirección? Toda la vida me sentí como el albatros: existiendo en lugares donde mis alas estorban.
Me hubiera gustado saber francés para entender mejor a Nico, y alemán para no perderme a cada rato en Viena. Pero incluso así, la ciudad se comunicó conmigo de otra manera: a través del arte y la historia. Y al final lo entendí, igual que cuando vi el cuadro del bebé de Haring: hay ciudades en las que no necesitas hablar su lengua para comprenderlas. Basta con volverte una energía nueva, curiosa, todavía no corrompida.
Escribir para volver, Quetzal Noah






